jueves, 7 de junio de 2012

El Nacionalismo Es Otro: Contra La Tesis De La Anomia


En el presente texto, mi propósito es discutir y problematizar ciertos aspectos fundamentales de la tesis propuesta por Liah Greenfeld en su conferencia titulada Nationalism and the Mind. Para esta autora, como veremos mejor luego, el nacionalismo en el que vivimos es la causa de una situación psicológica de desorientación y anomia (ausencia de ley y orden). Sin embargo, lo que mi texto pretende mostrar es que quizás sea correcto derivar la anomia de ciertos principios fundacionales del nacionalismo, pero lo incorrecto es creer que en la vida real existe el nacionalismo tal y como lo describe la autora. Para cumplir mi objetivo, debo reconstruir primero la posición que sostiene Greenfeld. Posteriormente, voy a mostrar que la realidad de las sociedades de hoy no se corresponde con las características que definen ese tipo de nacionalismo, de lo cual se deriva que el discurso liberal del igualitarismo es esencialmente ideológico. La idea de que vivimos en sociedades igualitarias, móviles y democráticas se ve cuestionada al mirar de cerca la vida concreta. Al final, apoyándome en Bordieu, mostraré que en efecto, el análisis de la hegemonía en las sociedades actuales contradice la tesis de la anomia que Greenfeld deriva de supuestos falsos, es decir, de la supuesta existencia del nacionalismo.

Según esta autora, el nacionalismo está en el corazón de nuestra cultura moderna. En efecto, es un hecho que éste determina una gran cantidad de procesos sociales y formas de vida. Para caracterizar el nacionalismo, la autora le atribuye tres rasgos esenciales. En primer lugar, no sería posible pensar el nacionalismo sin entender el proceso de secularización que no sólo acabó con la idea de que existe un orden social estable e inmutable establecido por Dios; sino que también impuso la idea de que ahora los individuos gozan de libertad y posibilidades reales de cambiar la realidad. El segundo pilar del nacionalismo es la soberanía popular de los ciudadanos, quienes gozan de la posibilidad de ejercer el poder y tomar decisiones. Esta nueva perspectiva abandona la visión personificada del poder monárquico y lo convierte en un resultado de la “voluntad popular”. Y en tercer lugar, el principio del igualitarismo, según el cual todos los miembros de la nación son en principio iguales ante el derecho.

El hecho de que el nacionalismo se fundamente sobre estos tres principios se puede entender mejor en el contexto histórico de la revolución burguesa en que surgió. Mediante la acumulación de capital, la clase de comerciantes logró convertirse en una clase ascendente y transformar los modos de producción de su época. Ellos mismos experimentaron lo que era tener en sus manos la posibilidad de cambiar el orden social existente y crearon y legitimaron un discurso basado en su propia experiencia: el discurso nacionalista. Es por eso que la idea de la movilidad social y la autodeterminación se puede encontrar subyaciendo bajo los ideales liberales que fundaron las sociedades nacionalistas, definidas como secularizadas, democráticas, libres e igualitarias.

Sin embargo, el hecho de que una nación se defina de esta forma, no garantiza que lo sea. Los tiempos han cambiado y lo que se puede observar en las sociedades contemporáneas es que en realidad la época de las grandes revoluciones sociales ha quedado atrás. Si todos fuésemos igual de libres, todos podríamos determinar bajo qué condiciones vivir nuestras vidas. Pero lo cierto es que hay una gran cantidad de individuos para quienes aún la satisfacción de las necesidades más básicas resulta inalcanzable. Y ese sólo es el caso extremo. “La enseñanza por ejemplo es libre en el sentido de que la ley no le impide a nadie el ingreso en una rama cualquiera de la educación, pero se lo prohíben otras cosas: las condiciones económicas, las circunstancias de su vida, etc.” (Zuleta, 2005, págs. 72-73). En efecto, todos somos iguales ante la ley, pero la vida real actual extiende sus prohibiciones mucho más allá de las permisiones abstractas de la ley. El sistema capitalista funciona, aunque no lo exprese en su discurso, gracias a la desigualdad y a la dominación de una clase sobre la otra. Esto implica que entre más fuerte sea el sistema, menos posibilidades tendrá la clase dominada de transformar sus condiciones de existencia, y además falsea la idea de que existe en las sociedades nacionalistas una intensa movilidad social. Por un lado se encuentra el discurso, según el cual todos somos iguales y gozamos de agencia sobre la vida pública y privada, por el otro la realidad.

Por lo tanto, creo que es imposible no aceptar que el discurso de la soberanía popular y la igualdad de condiciones es un mito que aun no se corresponde del todo con la realidad existente. De esta no correspondencia, podemos concluir que el discurso nacionalista es profundamente ideológico en el sentido de “ideología” que propone Althusser: “Toda ideología, en su formación necesariamente imaginaria no representa las relaciones de producción existentes sino ante todo la relación (imaginaria) de los individuos con las relaciones de producción y las relaciones que de ella resultan” (Althusser, 2003, págs. 140-141). Cuando digo que el nacionalismo es una ideología no pretendo afirmar que no existe hoy ningún tipo de nacionalismo, sino que el nacionalismo en el que vivimos no es como lo caracterizaba Greenfeld. Desde sus comienzos, el capitalismo se hermanó con el nacionalismo y para funcionar, tuvo que producir y conservar condiciones de producción a las que les es inherente la desigualdad. La dominación del capitalismo necesita que nos creamos libres e iguales así no lo seamos. Esta idea ya nos la recordaba Estanislao Zuleta cuando afirmaba que la idea del libre albedrío “es esencial para el funcionamiento objetivo del mundo capitalista, basado en una economía del cambio y en el desarrollo de formas contractuales [entre dos partes libres e iguales]” (Zuleta, 2005, pág. 71).

El argumento de Greenfeld se puede dividir en dos premisas, a saber: (1) Si los tres rasgos del nacionalismo se dan en la realidad, se produciría la condición de anomia entre los sujetos; y (2) los rasgos del nacionalismo se dan en la realidad. De estas dos, no aceptamos la segunda porque, como hemos visto, la realidad no se corresponde con los ideales del nacionalismo. En mi opinión, la tesis que propone Greenfeld se ve atravesada por ese lenguaje ideológico. Esto se evidencia cuando afirma cosas como “in modern societies, the individual is expected to be the maker of one’s own destiny” (Greenfeld, 2006, pág. 220). La autora acepta ingenuamente la segunda premisa porque la necesita para concluir que el sujeto moderno es anómico. En síntesis, la idea de una sociedad libre, igualitaria y móvil, ha sido quizá una consecuencia teórica del nacionalismo de la modernidad, pero no una consecuencia efectiva visible en las sociedades contemporáneas.

En la segunda parte del argumento, Greenfeld afirma que vivir en una sociedad en la que los individuos son libres de determinarse a sí mismos y a su entorno hace que el mapa social se modifique constantemente por la acción de los agentes. Esto es lo que causa una sensación de inestabilidad y desorientación del individuo situado dentro de ese mundo en constante devenir.
The modern culture at the core of which lies the vision of nationalism […] cannot provide one with a clear social map and a sense of a defined, stable, position on it. The picture one receives changes from moment to moment, constantly reorienting and confusing one. (Greenfeld, 2006, pág. 220).
Esta falta de orden y estabilidad produce la atrofia de los procesos simbólicos naturales mediante los cuales nos representamos el mundo y nos situamos en él. “On the psychological level anomie produces a sense of disorientation, of uncertainty as to one’s place in society, and therefore as to one’s identity(Greenfeld, 2006, pág. 212). Cuando el individuo se da cuenta de que está entre iguales, como supuestamente sucede en el nacionalismo, no puede distinguirse de los otros, por lo cual su propia identidad queda en cuestionamiento.

Pero ahora bien, si no es cierto que los tres principios nacionalistas se den en la realidad social, la consecuencia que Greenfeld deriva de ellos –la anomia- tampoco debería darse. Si, como se vio anteriormente, las sociedades modernas tienden más bien a resistirse a la movilidad social, no es cierto que las posiciones relativas de los sujetos y los grupos sociales en el espacio social cambien tan rápidamente como para que el individuo no pueda de alguna manera representarse dentro de ese espacio. Aquí es posible recurrir a una noción como la de “habitus” que propone Bordieu. Según este autor, existen representaciones del espacio social que terminan imponiéndose para todos los sujetos gracias a su victoria en la lucha simbólica por la construcción del mundo. “Las clasificaciones sociales (…) organizan la percepción del mundo social y, en ciertas ocasiones, pueden organizar realmente el mundo mismo” (Bordieu, 2000, pág. 140). La tendencia a crear y reforzar las identidades de los sujetos mediante interpelaciones como “ustedes serán la futura élite del país”, “ni sueñes con ir a la universidad”, “usted es una señorita de bien, ¡compórtese!”, etc. Sin duda, existen excepciones y se han visto casos especiales en los que alguien logra romper con sus determinaciones y realmente cambiar su realidad. Pero este tipo de casos no son la norma en las sociedades nacionalistas reales, como argumentaba Greenfeld. Además, si alguien, por ejemplo, sube de estrato socioeconómico, no va a experimentar esa desorientación en cuanto a su identidad, sino que va a adaptarse a nuevas prácticas y modos de vida que identifican al sujeto de la clase alta.

Los dos conceptos de la tesis de Greenfeld que he intentado discutir en este ensayo fueron el de la existencia de sociedades libres y móviles, y el de los sujetos anómicos, que se deriva del primero. Para ello, mostré, en primer lugar, que los efectos reales que ha tenido la cultura nacionalista y capitalista en nuestras sociedades no solo no corresponden con los mismos principios fundacionales del nacionalismo -secularización, soberanía popular e igualitarismo-, sino que además los contradicen, pues vemos que hay desigualdad: las posibilidades reales de que cualquier individuo pueda cambiar sus condiciones de existencia no son las mismas para todos. En segundo lugar, mostré que la anomia que Greenfeld extrae como consecuencia de esos tres pilares ideales del nacionalismo, también es una consecuencia irreal y se enfrenta a la evidente existencia de procesos de producción de tipos determinados de sujetos con identidades arraigadas que son incorporados a un orden social específico. En síntesis, creo que la mayor falla de Greenfeld fue haber aceptado el discurso nacionalista sin preguntarse si en la realidad, el nacionalismo es como dice ser.

Trabajos citados

Althusser, L. (2003). Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado. En S. (. Zizek, Ideología : un mapa de la cuestión (págs. pp. 115 - 155). Buenos Aires ; Bogotá: Fondo de Cultura Económica de Argentina.
Bordieu, P. (2000). Espacio social y poder simbólico. En P. Bordieu, Cosas dichas (págs. 127-142). Barcelona: Gedisa.
Greenfeld, L. (2006). Nationalism and the mind. En L. Greenfeld, Nationalism and the mind : essays on modern culture (págs. 203-223). Oxford, England: Oneworld.

Zuleta, E. (2005). Acerca de la ideología. En E. Zuleta, Elogio de la dificultad y otros ensayos (págs. 61-77). Medellín: Hombre Nuevo.

sábado, 25 de junio de 2011

Mirando(me)


Fotografía de una fotografía de Eugenio Recuenco


Cuando las circunstancias me obligan a entrar en el laberinto ontológico cuya salida es encontrar al que siempre está conmigo, cuando pienso en que si estoy preguntandome por mi existencia es porque existo -y como pienso, luego existo-, me doy cuenta de que es fácil decir "yo existo", si, sólo se puede existir o no existir. Pero en cambio ser se dice en varios sentidos y decir "yo soy" afirma todo y no afirma nada a la vez.

Soy quien soy, no preciso identificación
se bien de donde vengo y donde voy
porque soy lo que soy,
y no quien quieras vos.

Al preguntarme "¿quién es usted?", un par me recuerda que estoy metido en ese laberinto. Pensándolo bien, las convenciones nos acostumbran a creer que se trata de una pregunta fácil, muy fácil. Yo soy Juan Andrés Moreno Agudelo. ¡Claro! El nombre es una forma demasiado abreviada de resolver la cuestión.

Qué me importa qué diga ese papel
no tengo nada que ver con él
y no voy a mentir aunque me lo demande
yo no soy el hijo de Hernández.

Conocer es dominar. Cómo quisiera conocer(me), dominar(me). Salir de este laberinto...

Sé de donde vengo, se donde voy
por eso se donde estoy,
y no me avergüenza lo que soy.
Se cual es mi lugar, y a donde pertenezco
lo que no me corresponde y lo que merezco.

...Pero siempre terminamos atrapados. La humanidad y los filósofos se esfuerzan por salir. Pero cada vez que abrimos la boca engrandecemos el cuerpo inorgánico que nos rodea, que hemos creado. ¿Quién soy en el mundo que he creado?

Soy sangre de mi sangre, y soy mis costumbres,
Soy mis hábitos y códigos y mis incertidumbres
Soy mis decisiones y mis elecciones
Soy mis acciones, solo y en la muchedumbre

Soy mis creencias y mis carencias,
soy mi materia y mi esencia
Soy mi presencia y mi ausencia,
mi conciencia y mi apariencia
Soy mi procedencia

Soy mi herencia y mi experiencia
Soy mi pasado y mi vigencia
y esa vivencia es la referencia
que con otros me une y me diferencia

...Los humanos somos casualidades llenas de causalidades que nos hacen y nos determinan, que convergen espontáneamente en nosotros. Y entonces la pregunta se desdobla, y la cuestión se hace cuestiones ¿Quién soy?: ¿cómo soy?, ¿qué soy?, ¿cuándo soy?, ¿dónde soy?, ¿de quién soy?, ¿cuántos soy?...

Por eso no me pida que mi camino desande,
seguiré gritando aunque me desbande
y que mi voz rebote contra los Andes
Que yo no soy el hijo de Hernández.

Soy quien soy, no preciso identificación
se bien de donde vengo y donde voy
porque soy lo que soy,
y no quien quieras vos.

Al menos sé lo que no soy...

No, no soy el hijo de Hernández.

Canción del Cuarteto de Nos

jueves, 4 de marzo de 2010

"El futuro -la salud- de la filosofía alemana está en riesgo"

Fotografía de Lou-Salomé, Paul Ree y Friedrich Nietzsche.


El día que Nietzsche lloró es una excelente ficción con ingredientes reales. Esta novela de Irvin D. Yalom, no solo nos acerca a la filosofía de una de las más prodigiosas mentes de Occidente: Friedrich Nietzsche; también nos invita a la ilusión de ver a este inquietante, curioso, frío y reservado filósofo llorando.

Primero, una misteriosa carta firmada por una identidad no menos interesante: Lou Salomé. La belleza invisible y magnética de esta excitante escritora rusa, a quien ni siquiera el lector podría decir que no, es la proporción exacta que neutraliza la balanza estética del libro (en los polos encontramos algo de erotismo extremo y de aburrida formalidad en los protagonistas).

Segundo, el reconocido doctor vienés Josef Breuer, seducido por la belleza de la mujer, se ha dejado convencer de concederle un difícil favor: tratar a su amigo Friefrich Nietzsche, quien no sólo tiene el cuerpo enfermo, según ella, también está solo y desesperado, pero no lo reconoce. Además, sin que el filósofo sepa que fue ella quien lo envió.

Tercero, el filósofo ensimismado y auto excluido del mundo convencional, a quien le cuesta abrirse a aceptar apoyo o colaboración de los demás, incluso si se tratá del aquel médico con una aparentemente ilimitada vocación de servicio.

Y así un médico y un filósofo, empiezan un intrigante intercambio profesional en el que juntos persiguen un interés, y juntos aprenderán y enseñarán al lector, una importante lección.

Los escenarios que nos ofrece la Viena de 1882 para el desarrollo de la novela, no varían demasiado, y eso tiene sus sabidas implicaciones en el dinamismo del texto, pero sin embargo la lectura de El día que Nietzsche lloró, le permite a cualquier tipo de lector un acercamiento básico a la filosofía, dejando además una moraleja aplicable a la vida de cualquier ser humano, a cualquiera, pues vivir es decidir, y si algo se ha aprendido al terminar el libro, es a decidir.

viernes, 26 de febrero de 2010

Mayoría Vs. Sabiduría


La democracia en la que todos creemos, supone que la decisión suprema la tiene el pueblo. El mejor y más evidente ejemplo de ello es la herramienta del voto, del sufragio universal, como la expresión ineluctable de la voluntad general, como: “esta es la decisión del pueblo, y contra ella no hay vuelta atrás”.


Aquí hay dos elementos: primero, para los creyentes, se dice que “la voz del pueblo es la voz de Dios”; segundo, esa decisión definitiva de las masas, nunca es una decisión unánime ni universal, sino el triunfo de la mayoría sobre la minoría.


Ahora, recordando la frase recientemente muy sonada (y esto va, otra vez, para los creyentes), cuando según la leyenda, la libertad de Jesús fue puesta a disposición del pueblo, éste eligió “que suelten a Barrabás”. Creyentes, ¿fue esa una sabia decisión?


Mayoría vs. Sabiduría. Lo que sucedió hoy en Colombia no es sino un símbolo de que no siempre las mejores decisiones las toma el pueblo. Nueve Magistrados, sólo nueve personas cuyo criterio académico e intelectual es difícilmente dudable, tomaron una decisión importantísima para todo un país.


Comúnmente, las masas se mueven ya sea por dogmatismos, o por sensacionalismos. Es decir, lo que nos mueve son generalmente creencias demasiado arraigadas a la mayoría de nosotros, dogmas; o aspectos que nos “tocan el corazón” como la violación de niños, el ideal de paz, de libertad…


Siendo así, puede ser que los locos sean los verdaderos cuerdos. Cuando la mayoría excluye a la minoría, es porque esta es diferente. Muchos piensan que no debería haber debate para imponer la cadena perpetua a los violadores de niños, y si alguien dice, con o sin argumentos, que la cadena perpetua no es apropiada o no es la mejor solución, sencillamente “está loco”.


También, ahora que Uribe se debe resignar a que NUNCA jamás volverá a ser presidente de Colombia (o por lo menos no bajo la Constitución de 1991), utiliza el poder de la mayoría para dibujar alguna esperanza: sale a dar un conmovedor discurso en el que supuestamente lo que más lo inspira es colaborarle a Colombia en cualquier condición, invocando a la Participación Ciudadana como su último recurso. Se hace explícito que lo que Uribe quiere es que en todo el país se levanten movimientos de apoyo a su gestión, para así contar con la “ineluctable” voz del pueblo, la voz de Dios. Su causa no pudo con lo legal, a ver si la moral le ayuda. Y si es así, primero, nada hará cambiar la decisión que hoy tomó la Corte Constitucional. Segundo, la ley no puede perder su objetividad por la presión de la verdad que la mayoría cree tener.

domingo, 14 de febrero de 2010

Condena a Ser Novelistas


<<
Nos construimos exactamente, en principio, como el novelista construye sus personajes. Somos novelistas de nosotros mismos, y si no lo fuéramos irremediablemente en nuestra vida, estén ustedes seguros de que no lo seríamos en el orden literario o poético
>>

Ortega y Gasset, J. (1983), Obras Completas, Alianza y Revista de Occidente, Madrid.

domingo, 17 de enero de 2010

Re-construir el desastre

Grabado de 1755 mostrando las ruinas de Lisboa en llamas y un maremoto arrollando los barcos del puerto, después del terremoto en ese mismo año.



Sin ninguna intención de sonar repetitivo, ni de unirme al despliegue mediático que se ha hecho al rededor de la tragedia que sucedió preciso en Haití (soy consiente de que inevitablemente lo estoy haciendo), quisiera expresar mi perspectiva y espero que sea tomada sólo como la metáfora de lo que representa, no como un deseo negativo para ningún país, todo lo contrario...

A veces me gustaría que un terremoto así azotara Colombia. Creo que mi país está acostumbrado a la benevolencia de las circunstancias y eso no nos ha hecho prosperar ni valorar lo que tenemos. Tal vez una sacudida así nos hiciera ver de una manera más radical la realidad de Colombia, y tomar acciones definitivas al respecto.

Quisiera que un terremoto así agitara a toda Colombia, destruyendo así sus débiles instituciones, su justicia injusta, la inequidad en la que vive este, el país "más feliz del mundo", pues si así fuera ¿qué estaríamos perdiendo? Estaríamos antes ganando la posibilidad de reconstruir nuestro país. Todo esto por el precio de tener la oportunidad de reconstruirlo.

Asimismo, es posible que Haiti resurja de la 'solidaridad internacional', pues si no, ¿de qué otra manera se acabaría con la pobreza y la debilidad de su Estado? ¿Qué otra oportunidad tiene un país de reconstruirse, que no sea destruyendo antes lo que estaba mal?

Esta es, de hecho una visión más optimista de ver los desastres. Y no es nada nueva, es solo que Colombia debería aplicarla, cual fénix que renace más puro y prometedor, después de arder en llamas.

domingo, 10 de enero de 2010

Vivir es Decidir


Muchos aspectos de nuestras vidas parecen casualidades (la vida misma parece ser una casualidad), y cuando los hechos se organizan de tal manera que parece que quisieran decirnos algo, nos cuesta creer que son eso, simplemente casualidades.

Tomar decisiones es de las responsabilidades más complicadas de los humanos, pero es un deber con nuestras vidas decidir cuál es nuestro destino, pues nada está escrito, hay que escribirlo. Lo que hace difícil esta labor es vivir en sociedad. La vida con el otro nos expone a que ese otro tome decisiones por nosotros. El secreto de la felicidad es la libertad, es poder escoger nuestra vida, armarla y modificarla según nuestro antojo. Si un solo hombre tuviese a su cargo todas las decisiones sobre el curso del mundo, sería totalmente libre, y feliz.


Recién acabo de comenzar un importante ciclo en mi vida, soy conciente de haberlo elegido por mi propia cuenta, se siente muy bien.
Alguién ha tomado una decisión inevitable que afecta la manera cómo viviré esa vida, se siente horrible.
Acabo de asumir esa decisión como si hubiese sido tomada por mi, se siente... un poco mejor.